El poema "Los leones rondaban la casa" de Marosa di Giorgio Medici cuenta una historia, pero la
historia no sucede en un tiempo sino en un espacio. Dice José Lezama Lima “Un mito es una imagen participada y una imagen es un mito que comienza su aventura que se particulariza para irradiar de nuevo”. Comienza con una acción, un
verbo en tercera persona en pretérito imperfecto, una acción continua en el
pasado: Los leones rondaban la casa.
Esta imagen de los leones caminando en los límites de la casa va a generar el
mito: Los leones siempre rondaron./
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre. “Siempre se dijo”, el
tiempo impersonal del mito, de la leyenda.
Estos leones son
el “correlativo objetivo” del poema: los leones que siempre rondaron, que
entraron a la casa, que están “acá”. El peligro progresa, lo que creíamos afuera de la casa,
está en la casa. Afuera y adentro.
Suceden cosas entre las mujeres y los leones, siempre en un tono alucinatorio. No se manifiestan
sentimientos subjetivos, sino afectos impersonales. Los hechos que ocurren no
terminan de entregar su secreto, y los testigos son un pronombre personal que
anda por un borde roto (nosotros/as) y no puede hacer nada con respecto a estos
hechos, ni huir de ellos ni detenerlos o alterarlos.
¿Se pone en cuestión el
sujeto en este poema? ¿Hay aquí revuelta íntima? Yo creo que sí. Se expresa a
través de, como diría Kristeva, una organización de su pulsación “en un orden
no ya simbólico sino semiótico”. Explora
justamente aquello que socava la unidad de la ley, la unidad del ser y de la
identidad que es lo que Kristeva relaciona con la experiencia del goce. “La
permanencia de la contradicción, (…) la puesta en evidencia de todo cuanto pone
a prueba la posibilidad misma del sentido unitario (…) eso es lo que explora
esta cultura re-vuelta.”
Es esta mutación en la relación con el sentido la que
se expresa en versos como: Los leones eran al mismo tiempo presentes e
invisibles, al/ mismo tiempo, visibles e invisibles.
Marosa cuestiona aquí también la
oposición humanidad/animalidad. Los leones tienen actitudes propias de lo
humano: roban y fingen: Se oía el rumor
de la leche que robaban (...) Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
La abuela, por su parte los trae a la casa, expresa la necesidad de aceptarlos:
Los leones rondaron siempre. Están delante/de
los paraísos y el rosal. Dijo: --Los
leones están acá. Se cuestiona en el
poema la humanidad en los límites que ha construido para mantenerse separada de
la animalidad. Giorgio Agamben dice: “La
división de la vida en vegetal y de relación, orgánica y animal, animal y humana
pasa por el interior del viviente hombre como una frontera móvil; y sin esta
íntima censura, probablemente no sea posible la decisión misma sobre lo que es
humano y lo que no lo es”. Marosa intenta desarmar esta censura.
Pero no solamente los animales se
humanizan, también las cosas; “Se oía el rumor de la leche que robaban, el
clamor de la miel/y la carne que cortaban”. En esta imagen sinestésica oímos el
sufrimiento de las cosas que “claman”. El sujeto perceptor está por todas
partes en este espacio mítico y siente en su cuerpo la sombra de los leones
(presentes e invisibles) el dolor de las cosas que se esconden y claman y la
presencia de la muerte que no llega a realizarse (los sudarios, el simulacro de
devoración).
El sujeto poético se construye en
relación con su objeto y con el lenguaje. El sujeto que habla en el poema de
Marosa es opaco. Hay un “nosotr@s” tácito que se expresa en un solo verso: Corrimos a esconder los floreros de sal
(…) Allí creemos verla a ella, a Marosa, la que registra el suceso,
pero se esconde, no la encontramos más que como una sombra moviéndose en la
casa del lenguaje. Ese sujeto escondido parece impotente para alterar las
circunstancias, pero no contempla impasible lo que pasa sino que se sorprende y
se asusta.
Hay una
abuela, de modo que podríamos creer que habla una niña o quizás habla una
adulta que recuerda su niñez. Pero ninguna de estas posibilidades conviene
realmente al poema. La enunciación evocatoria no se limita al recuerdo de un pasado remoto y perdido. La
voz es a la vez adulta e infantil y también algo más, misterioso. La que esconde
la colección de estampillas podría ser una niña, pero la que trae los sudarios
parece adulta. La niña quizás ve los leones bellos con ojos como perlas, pero la
que los describe al mismo tiempo presentes e invisibles se nos presenta adulta.
Pienso que la aparición de una voz (la niña) ha sido saboteada por otra voz (la
adulta) que aparece, y de ese estallido resulta una pluralidad, un descontrol.
Según
Käte Hamburguer “el yo lírico es un sujeto enunciativo” de una especie
particular, es decir un sujeto enunciativo lírico. Todo sujeto que enuncia se
refiere a un objeto, en el caso de la relación sujeto-objeto lírica nos
encontramos con relaciones particulares de este tipo de enunciación. El objeto
principal del poema de Marosa son los leones, que incluso están en el título,
pero está claro que no son leones comunes o “verdaderos leones”. Lo que ha
sucedido es que “los enunciados han sido expulsados de la esfera del objeto y
arrastrados al interior de la del sujeto (…) hacia un sentido que el yo lírico
quiere expresar en ellos”. Por eso los leones eran sucios y dorados (…) con un
broche brillante en el pecho y al mismo tiempo presentes e invisibles. ¿Son
entonces los leones símbolos? Según Hamburguer serían símbolos en la medida en
que son aprehendidos por el yo lírico y se metamorfosean en estados de ánimos, simbólicos
para ese yo.
Los leones rondaban la casa
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísmas sábanas nevadas, la colección
de estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles. al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y --¡como si hubiese sido un simulacro!-- ella tornó a la
casa y dijo: --Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: --Los leones están acá.