domingo, 24 de septiembre de 2023

Puccini




Manejé por el barrio muy despacio por las calles desoladas de la siesta, ¿hasta dónde podría haber llegado Puccini? Quizás se había perdido en estas callecitas laterales. Casi me atraganto cuando pensé que también podría haber cambiado de dirección y correr hasta la avenida. Hacía solamente dos meses que lo tenía. En la visita mensual de nuestra gata siamesa Cleopatra al veterninario, lo vi ahí, en una pequeña celda, un perro tonto sentado solo, con las orejas caídas y unos ojos tristes y enormes.

Era una cruza con pastor alemán, pero de alemán no tenía nada. Se me ocurrió que más bien italiano con sus patas cortas y el pelaje de varios colores. Mientras nos mirábamos, exhaló un largo quejido agudo, como Pavarotti en La bohème. La veterinaria me dijo que era un callejero sin papeles y si nadie lo adoptaba en un mes, lo iban a sacrificar. Una pareja estaba mirando un golden retriever hermoso. Nadie miraba a Puccini. Era un indocumentado. Es como matarlo, pensé.

Puccini quería que lo pasearan todos los días y no era un trabajo fácil. Se paraba en cada camino de entrada y exploraba, o caminaba por el medio de la calle. Tenía sus propias ideas sobre por dónde, cómo y a qué velocidad pasear. Esta vez, simplemente se había parado y se había negado a dar un paso más. Le grité y me ignoró. Tiré de la correa y se clavó en las baldosas. Los dos transpirábamos bajo del sol de enero. Tiré más fuerte. Dio dos pasos hacia atrás con la cinta de cuero clavada entre el pelo corto y espeso. Yo llevaba una bolsa para recoger el excremento. La dejé caer y agarré la correa con las dos manos. La bolsa se desparramó por toda la calle y vacilé. Puccini aprovechó el momento para tirar con una fuerza inesperada y logró soltarse. Se escapó, mirando por encima del hombro como si se burlara de mí mientras corría. Recogí la caca de la calle y caminé a casa en busca del auto.

Mientras manejaba, me pregunté por qué había pensado que un perro nos iba a venir bien. Yo era una persona de gatos. No sabía nada de perros. ¿Y si lo perdía para siempre? Ya había empezado a desesperarme cuando finalmente lo encontré. Estaba parado en medio del macizo de flores de alguien, oliendo un gnomo de jardín. Levantó una pata gordita y le orinó la cara tranquilamente. Sentí un alivio abrumador y le grité “¡Puccini!” mientras bajaba del auto. Dio un salto y se me acercó meneando la cola con tanta fuerza que contagiaba a toda la cadera. Parecía sonreír.

Se dejó abrazar y acariciar, pero cuando quise subirlo al auto fue imposible. Corría hasta la esquina, volvía y me ladraba, como si quisiera decirme algo. Estaba tan vivo. Era un cazador explorador joven deseoso de olores nuevos y misteriosos. En sus vueltas me buscaba la mano con el hocico hasta que entendí lo que quería. Obediente, busqué la pelotita de tenis verde flúor en la cartera y la tiré con fuerza hacia la esquina. Como si pudiera existir un mundo de absoluta inocencia en el que nos hacemos uno con el movimiento, Puccini salió catapultado. Saltó con una velocidad apasionada y llegó en dos segundos con su tarea hecha para nada más que alegría. Repetimos.

Las compras y la ropa me intranquilizaban. Humana, yo era incapaz de aceptar este presente de gloria. Abrí la puerta del pasajero y lo llamé. Saltó hacia el auto, olfateando la puerta abierta. Se sentó en la vereda y ladeó la cabeza, mirándome con ojos brillantes.

“Vamos”, lo persuadí, dando palmaditas en el asiento del pasajero. Corrió de vuelta al macizo de flores. Sabía que si entraba en el coche, volveríamos a casa.

¡Puccini! ¡Vamos!"

Me miró y me di unas palmaditas en el muslo. Corrió y dio la vuelta al auto. Se puso a lamer la ventana del lado del conductor.

“Vamos”. Le di unas palmaditas al asiento del pasajero otra vez. “¿Puccini?”

Saltó dentro. Lo agarré y pisé el acelerador.

En las películas, cuando alguien hace eso, la puerta se cierra de golpe. En la vida real, no fue así. No podía alcanzar la manija y tenía miedo de parar y que Puccini volviera a escaparse. Terminé manejando con una sola mano por el medio de la calle, agarrando al perro con la otra y tratando de no golpear nada con la puerta abierta que se bamboleaba.

Apreté el pedal del acelerador, después los frenos, el acelerador, los frenos. Un chico en bicicleta me miró fijamente con la boca abierta. Puccini estaba a mi lado, jadeanado felizmente. Pisé de nuevo el acelerador y la puerta se cerró de golpe. Puccini ladró y saltó al asiento trasero. ¿Le había agarrado la cola con la puerta? Volvió al asiento delantero y me lamió el brazo. Se había asustado.

Cuando estacioné en el camino de entrada, le revisé la cola y estaba bien. Lo dejé en el auto y entré sola para que pudiéramos tener un pequeño descanso uno del otro. El mío involucraba una copita. Estaba sentada en el sillón tomando vino frío y dulce cuando comencé a sentirme sola. A Puccini le gustaba acostarse al lado mío con la cabeza apoyada en mi pierna o sobre mis pies. De pronto la habitación se sentía vacía sin él, ¿cuándo había pasado esto?

Salí al auto a buscarlo. Creo que amo a este perro estúpido.



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