martes, 27 de octubre de 2026

El 17 de octubre borgeano


El artículo de Jorge Luis Borges “L'illusion comique” fue publicado en el número 237 de la revista Sur, correspondiente a los meses de septiembre y octubre de 1955. En septiembre de ese año, la autodenominada “Revolución Libertadora” había derrocado al gobierno constitucional de Perón tras años de creciente polarización y del oprobioso bombardeo a la Plaza de Mayo en junio. Para el grupo de intelectuales reunidos en torno a Victoria Ocampo —quienes habían sufrido persecuciones, clausuras, detenciones durante el régimen peronista— la caída de Perón significó el fin de lo que experimentaban como una “década de opresión”.

El número 237 de Sur es recordado en la historia literaria y política argentina como el emblema del revanchismo, la catarsis y la impugnación total del peronismo por parte de la elite ilustrada. El número se abrió con una editorial donde el comité de redacción celebraba la caída del gobierno como una "liberación moral y cultural" de la patria. Además del texto de Borges, el ejemplar incluyó contribuciones de Victoria Ocampo, Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares, entre otros. La tónica general fue de desprecio visceral y deslegitimación sociológica y estética del peronismo, caracterizándolo como una anomalía, una tiranía de la ignorancia o una estafa demagógica.
La nota de Borges tiene un título en francés que retoma la famosa obra teatral de Pierre Corneille L'illusion comique de 1636, célebre por utilizar el recurso del teatro dentro del teatro o mise en abyme. 
En “L'illusion comique”, Borges se propone desnudarnos la arquitectura del peronismo, no como un proyecto político, sino como un melodrama al que las masas habrían adherido mediante una suspensión deliberada del juicio crítico. Sin embargo, al calificar la dinámica del régimen como una “ficción escénica” donde nada de lo acontecido era genuino, el ensayista cae en la misma operación narrativa que atribuye a su objeto de denuncia: la fabricación de un relato de impugnación total donde el adversario queda privado de toda agencia, verdad o convicción sincera.
Se configura así una llamativa simetría ideológica entre la mirada antiperonista de Borges y la narrativa histórica del propio movimiento peronista. Ambos discursos se estructuran a partir de un axioma compartido: la verdad habita de manera exclusiva en el propio campo, mientras que el campo opuesto solo puede explicarse a través de la farsa, el engaño o la conspiración.
Para Borges, acontecimientos fundacionales como el 17 de octubre de 1945 no responden a procesos sociales orgánicos ni a reivindicaciones legítimas, sino a puras puestas en escena: sostiene que “se simuló que un coronel había sido arrestado y secuestrado y que el pueblo de Buenos Aires lo rescataba”. El sujeto peronista no es, en la matriz borgeana, un actor político consciente, sino un integrante de “bandas de partidarios” amontonadas en la Plaza de Mayo que consumen litérature pour concierges mientras las radios del Estado “tocaban piezas de música para aliviar el tedio”. Esta forma de leer un suceso a todas luces histórico parece traducir la imposibilidad de romper siquiera por un momento con el marco ideológico sustentado. Para Borges, el peronismo todo, como fenómeno, fue una ficción de mal gusto.
Esta paranoia provocada por la enormes movilizaciones populares, como la del 17 de octubre o la del velorio de Evita, se revela también en su cuento “El simulacro”, en el que engañan a la gente velando a una muñeca en lugar de a Eva Perón. El narrador cuestiona qué clase de hombre ideó esta farsa y plantea que ese simulacro es el reflejo de una época irreal: ni el hombre era Perón, ni la muñeca rubia era Evita, pero al mismo tiempo los verdaderos Eva y Perón tampoco eran más que figuras de una mitología artificial para el fervor popular
Paradójicamente, la retórica peronista aplica una simplificación especular al caracterizar a la oposición antiperonista. En su discurso, las demandas opositoras por las garantías constitucionales o la libertad de expresión no eran interpretadas como posiciones éticas o republicanas legítimas, sino como una pantalla hipócrita destinada a encubrir los intereses del capitalismo o de la oligarquía.
En ambos lados del espejo, la convicción genuina del otro es declarada imposible. Borges intenta resolver la paradoja afirmando que la “ambigüedad de las ficciones del abolido régimen, que no podían ser creídas, eran creídas”, atribuyendo dicha contradicción a la “rudeza del auditorio” que condescendía al agrado de una farsa sentimental. En la otra vereda, para el peronismo, la oposición no defendía principios, sino intereses mezquinos o alienación cultural, siendo incapaz de reconocer la verdad de la justicia social.
Esta simetría revela el funcionamiento de la ideología como un mecanismo de blindaje epistemológico. Aceptar que el adversario actúa movido por una verdad (sea esta la vivencia de una reparación histórica o una convicción institucional) exigiría poner en peligro la coherencia del propio sistema de creencias, algo que se revela como una imposibilidad histórica.
Borges, al denunciar que el régimen recurrió a métodos propios de las empresas para “imponer navajas, cigarrillos o máquinas de lavar”, construye él mismo un antimito. Para forzar la tesis de que el régimen carecía de espesor real, reduce los hechos a la nada: “nada, sin embargo, ocurrió esa noche”, dice mezclando el 17 de octubre con el 16 de junio y obviando la violencia efectiva que se desencadenó tras la oratoria oficial en la última fecha. Del mismo modo, al despachar la quema de la bandera afirma que se optó por "un agujero modesto en el centro del símbolo" para la foto, Borges aplica su propio procedimiento estético: omite o distorsiona la complejidad factual para forzar la historia a encajar en la metáfora del teatro.
En última instancia, "L'illusion comique" demuestra que la contienda entre peronismo y antiperonismo a mediados del siglo XX no fue un debate simple entre la verdad empírica y la mentira propagandística, sino una guerra de ideologías contrapuestas. Borges acusa a la dictadura de haber gobernado mediante la "bobería" y la impostura dramática, pero al hacerlo desde las páginas de la revista Sur, él mismo ejerce una operación de ficcionalización ensayística donde la “verdad” del adversario es erradicada por definición, edificando una contra-narrativa que simplifica, distorsiona u omite la densidad factual para forzar la historia a encajar en su propia arquitectura ideológica. De este modo, “L'illusion comique” opera como un documento involuntario del funcionamiento de la ideología: demuestra que toda denuncia del engaño ajeno suele ser la estrategia fundacional para legitimar la verdad propia.
La willing suspension of disbelief, conceptos de Coleridge y Samuel Johnson que Borges adjudica al público peronista explica por qué, en los marcos ideológicos polares, la adhesión afectiva predomina sobre la verificación factual. Como en los fenómenos contemporáneos de la posverdad, el hecho objetivo cede ante la narrativa que satisface la identidad del colectivo. Ante la imposibilidad de reconocer al rival como un interlocutor con convicciones legítimas, la política se transforma en una contienda de mitologías irreconciliables. La paradoja final de "L'illusion comique" es que, intentando combatir una ficción con la razón, Borges nos sugiere que no existe una política despojada de representación o de mito.
Pero el análisis no puede ser puramente semiótico y es necesario reconocer la matriz materialista que subyace al enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo. En la Argentina de mediados del siglo XX, la imposibilidad de comprender o validar el discurso del otro no era un mero malentendido teórico o estético: era el reflejo en el campo del lenguaje y de la cultura de una brecha de clase insalvable.
Desde la perspectiva de Pierre Bourdieu (y su noción de habitus y violencia simbólica), lo que Borges descalifica como “rudeza del auditorio” o “litérature pour concierges” es, en realidad, la irrupción en la esfera pública de un sujeto de clase cuyos códigos estéticos, culturales y expresivos resultaban ininteligibles y amenazantes para la élite patricia e intelectual representada por la revista Sur.
Al calificar el discurso político peronista de vulgar, sentimental o teatral, además de una puesta en escena engañosa, Borges realiza una operación de clase: traduce la desposesión y el resentimiento social en categorías de mal gusto o incultura. Pero, para la clase trabajadora, la retórica quizás desmesurada o melodramática del peronismo no era un engaño publicitario; era el único lenguaje político que la legitimaba como sujeto de derecho frente al lenguaje formal, leguleyo y republicano que históricamente había justificado su marginación material.

lunes, 5 de octubre de 2026

Evita vive

 

Evita vive



Aurora Venturini recuerda cuando Eva Duarte era una nena y correteaba en los baldíos de su pueblo: “Jugaba un juego peligroso de pobres contra ricos; ella estaba con los pobres” (2014: 23), cuenta Venturini. En ese cuerpo en crecimiento, con voz aguda y prepotente, ya se encarnaban cuestiones culturales y sociales. No es que la fuerza política fuera perceptible en ese entonces, pero de algún modo estaba inscripta en la corporalidad del juego una forma pragmática de entender el mundo. Ese juego, al igual que el cuento de David Viñas “La señora muerta”, pueden leerse como una articulación entre el deseo, el cuerpo, la ideología y las relaciones de clase.

Un hombre, Moure, quiere un cuerpo de mujer, un objeto para saciar su deseo, pero de pronto ese cuerpo lo sorprende, se manifiesta como sujeto, con sus propias apetencias, sus límites y sus identificaciones. Dijo Beatriz Sarlo “antes que una ideología, antes que un sistema de ideas, el peronismo fue una identificación” (2003: 91-92) y parecía creer que había algo malo en eso, quizás porque no le gustaba la facilidad con que esa identificación permitió que se traspasaran a otras mujeres las prácticas sociales que el cuerpo de Eva encarnó. Por ejemplo lo que pasó con “esa mujer”, la de la cola, que frustró y enojó a Moure como antes había asombrado y horrorizado a la oligarquía. El texto de Viñas puede leerse apuntando a esa transformación producida en las mujeres argentinas, que encarnan a Eva y se identifican con ella, cada una en un cuerpo diferente, todos femeninos. O al menos eso se pretende demostrar.



Formas plebeyas


Es de noche. Llovizna y hace frío a fines de julio de 1952. La gente espera para rendir honores a una mujer muerta, a la que llaman “la Señora”. El texto es impreciso, hay poca luz porque telas negras envuelven los faroles, nada se distingue con claridad, inclusive se confunden los olores. Hay una mujer en la cola, que cree que lo que siente es olor a goma quemada y un hombre la saca de su error. El narrador va a llamarla “esa mujer”. No es una referencia al cuento de Walsh, que fue escrito después, pero sí lo es a la forma en que la oligarquía denominaba peyorativamente a Eva Perón. Al llamarla así, el narrador está marcado dos cosas, una identificación de esta mujer con Evita (con la Eva viva, mal vista, denostada) y su sexualidad liberal. Cortés Rocca y Kohan señalan: “en el cuento se produciría una especie de desdoblamiento de la figura de Eva Perón: ‘la señora’ que está muerta y ‘esa mujer’ (…) que alegorizaría la imagen de Eva joven, antes de encontrarlo a Perón” (1998: p.76).

Moure, el protagonista de este relato, ya la viene observando, y encuentra que el gesto con que se apoya contra la pared es a la vez “resignado e insolente”. Esto le otorga confianza, se siente seguro de que puede “levantarse” a esa mujer. El personaje asocia la insolencia con la libertad sexual, lo que nos retrotrae al imaginario de Eva del antiperonismo.

Poe otra parte, unidas, la resignación y la insolencia pueden entenderse también como resentimiento, la “forma plebeya del odio” según Beatriz Sarlo (2003: p.28): el sentimiento de los postergados que tienen conciencia de tales.


Sólo negocios


Moure, por su lado, también encarna a un imaginario social. Quiere sacar ventaja de la situación, para eso fue a la cola. Es un personaje machista, sin duda, pero aquí está representando también un arquetipo mercantilista, explotador hacia los humildes que esperan. Finalmente lo que quiere es ahorrarse unos pesos, levantarse una mina que no le salga tan cara y para eso está dispuesto a juntarse con estas personas por las que siente desconfianza, desprecio y asco. A su presunta conquista la trata de una manera básica, casi animal, solamente le pregunta si tiene hambre, si tiene sueño, si siente dolor. En cambio ella le hace una pregunta más compleja, cuando le cuestiona si le gustaba la Señora. Él queda sorprendido y duda, se queda mirándola y apreciando su belleza y su juventud y responde por asociación: “era joven”. Así reafirma el nexo entre la muerta y la mujer viva de la que pretende servirse.

Creemos que Moure representa el cinismo infantil y soberbio de la clase media, que quiere hacer negocios con el sentimiento popular. Ese egoísmo, esa ceguera que Rodolfo Fogwill recreó en el cuento “La cola” cuando su protagonista repite sin cesar una misma acción: “Yo calculo” (2009: 45). Mientras otros lloran, él estima la inversión publicitaria de cámaras, sindicatos, reparticiones públicas e instituciones diversas en esa otra fila, la que despide a Perón. Evalúa su poder material y simbólico: información, dinero, mujeres. Sabedor de una superioridad social, el protagonista de “La cola” se pregunta: con esto que tengo, ¿qué puedo conseguir? y quizás por eso se acuerda del su otro yo, Moure. “Trato de comparar esta cola con mi vago recuerdo de la de Eva Perón. Yo entonces tenía diez años y no estuve presente, pero la vi filmada. Las imágenes de aquellos films se confunden en mi memoria con las de un cuento que publicó Viñas en tiempos de Aramburu” (2009: 46).


Desfasadas y fugitivas


La política y la literatura, como dos redes de enunciación, se han entrecruzado en el cuerpo y la identidad de Eva Perón. En estos cruces podemos encontrar algunas regularidades, algunos puntos que retornan. Por ejemplo el concepto de su “excepcionalidad” que, más que ponerla como ejemplo, subraya ese estar “fuera de lugar” permanente en el que Eva se movía. Interesada por la realidad social entre actores narcisistas, justiciera entre las damas de la beneficencia, una primer dama que por primera vez hace política, Eva diverge en todos los grupos sociales, habitada por la contradicción. ”No sé jugar al bridge, no me gusta el té con masitas” (Martinez, 1996:188), les dice a las damas de beneficencia. “Si los hombres de gobierno, los dirigentes, los políticos, los embajadores, los que me llaman ‘Señora’ me llamasen ‘Evita’ me resultaría tal vez tan raro y fuera de lugar como que un ‘pibe’, un obrero o una persona humilde del pueblo me llamara ‘Señora’.” (Perón, 2008: 64)

Esa mujer del cuento de Viñas también se encuentra fuera de lugar en la cola. No está acompañada, no pertenece a ninguna familia o grupo, y está vestida con un tapado de piel, indumentaria que la distingue de otras mujeres que esperan.

Otro punto reiterativo en la descripción de Eva es el “escape”. Eva se mueve y no se sabe dónde está, cambia de posición con rapidez. Este movimiento la lleva de niña pobre y provinciana a aspirante a actriz, de actriz a amante del vicepresidente, de amante a esposa y a primera dama, de primera dama a candidata a vicepresidenta, de candidata frustrada a mujer santificada y de cuerpo durmiente y embalsamado a cuerpo desaparecido: cuando se la cree conocer, ubicar, hay algo de ella que siempre huye. “La esposa de Perón, Eva Duarte, no va a seguir ocupando el tradicional lugar de la Primera Dama sino que, muy por el contrario va a ir cambiando los lujosos vestidos y las joyas por los trajes sastre. Según la mayoría de sus biógrafos (Navarro, Dujovne Ortiz, Borrón-Vacca) y en gran parte de las ficcionalizaciones (como por ejemplo en las novelas de Abel Posse y Tomás Eloy Martínez), este cambio fue notable al regreso de su viaje por Europa, en 1947” (Rosano, 2006: 19).

Lo propio sucede con la protagonista de nuestro cuento: cambia de opinión, se va; no estaba donde creíamos, escapa hacia otro lugar.


El cuerpo y la voz


Muchos opinan que el atributo más importante que le permite a Eva triunfar como mujer es la belleza. Sin embargo, una lectura de sus múltiples biografías nos indica que Eva surge mucho más identificable en relación con la voz. Posse la define como mujer “bella y hablante” en un país en el cual las mujeres no tenían ni voz ni voto. “La voz fue importante, sí. Yo fui sólo mi voz, políticamente, digo” (Posse, 1994: 132)

Eva encuentra una voz y la proyecta contra el ideal de la voz femenina, que es el acatamiento silencioso y sumiso. Eva habla, “Se desapropia de su cuerpo para darse toda a través de la voz (…) Así concibe un proyecto social más allá del deseo del amo Perón”, dice Claudia Soria (2005:114).

Algo parecido le sucede a la mujer del cuento de Viñas. En el taxi ella toma conciencia de ser un cuerpo-objeto: “las manos de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como si ella fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo o una baranda o la propia ropa de Moure”. Ante esto, ella todavía no habla sino que se ríe. La risa, productora de una significación incierta, igualmente irrita a Moure que “pensaba que lo que a ella le correspondía era quedarse en silencio”. Cuando ella finalmente habla es para poner el límite definitivo. Al proyectar su voz es finalmente sujeto y no un cuerpo definido por el deseo del otro: “Eso sí que no se lo permito”.



Justamente cuando este cuento sucede, el cuerpo de Eva ha pasado a ser “el cuerpo espiritual de la Nación”. Según Soria: “el cuerpo espiritual es el ambiguo espacio en el que el goce fálico y el goce femenino se superponen, se solidarizan y se dan la mano al tiempo que se rechazan, se repelen y se distancian” (2005: 199). Mujeres que se resisten a un cuerpo espiritual, ni putas ni santas, que intentan hacer emerger su identidad, que tratan de proyectar su voz y lo consiguen, caminan, como “esa mujer”, por la huella de Evita, y la vivifican. Evita vive, por eso, en ella, en nosotras.




Bibliografía



Cortés Rocca, Paola; Kohan, Martín. Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón: cuerpo y política. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 1998.

Fogwill, Rodolfo. Cuentos completos. Madrid: Editorial Alfaguara, 2011

Martínez, Tomás Eloy. Santa Evita. Buenos Aires: Grupo Planeta, 1996.

Perón, Eva. La Razón de mi Vida. Buenos Aires: Ediciones Peuser, 2008

Posse, Abel. La pasión según Eva. Buenos Aires: Emecé, 1994

Rosano, Susana. Rostros y máscaras de Eva Perón. Imaginario populista y

representación. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 2006.


Sarlo, Beatriz. La pasión y la excepción. Buenos Aires: Siglo XXI, 2003

Soria, Claudia. Los cuerpos de Eva. Anatomía del deseo femenino. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 2005.

Venturini, Aurora. Eva. Alfa y Omega. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2014

Viñas, David. Las malas costumbres. Buenos Aires: Peón negro, 2007.