viernes, 10 de enero de 2020

La metáfora: el sentido prolifera


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A las metáforas suele pasarles lo mismo que a las mujeres: se acentúa su importancia ornamental y se silencia su función estructural. Como ejemplo de metáfora, mis profesoras de escuela secundaria siempre elegían "las perlas de tu boca". ¿Quién dice eso? pensábamos nosotras entre asqueadas e indignadas. Nadie lo decía, claro está, era una figura del siglo XV que nos inducía a pensar que la metáfora era una forma retorcida de adjetivación, una vestimenta tan antigua que parecía un disfraz.
Pero las metáforas, como las mujeres, son mucho más que un maquillaje bonito o uno ridículo. Por ejemplo son madres. Es a través de ellas que el sentido se multiplica. Todos los nuevos conceptos nacen de metáforas. Lo hacen en la sociedad, ya que la metáfora forma parte de un enunciado surgido a partir del contexto y la experiencia del sujeto que metaforiza.
¿Cuándo recurrimos a la metáfora? Precisamente en el instante en que lo no dicho se revuelve en nosotros y quiere pescar esa palabra con la que expresarse, esa palabra poética que dejará su huella gnoseológica. Pero en el mundo hay muchas lagunas de peces dorados. En la nuestra están sólo los peces de nuestra cultura, de nuestra sociedad, de nuestro tiempo. Las determinaciones sociales hacen a veces posibles y otras veces impensables determinadas capturas. Sin contar con que, luego de pescada, para transformarse en un concepto, nuestra metáfora deberá imponerse a otras competidoras y la carrera la ganará la que tenga mayor capacidad persuasiva para la comunidad de hablantes.
Al hablar de la metáfora, Aristóteles nos da algunos ejemplos. "El atardecer de la vida", dice, no es lo mismo que "la vejez del día". En el primer ejemplo, un hecho biológico, la vida, es astronomizado. En el segundo caso el fenómeno astronómico, el día, es biologizado. Podemos ver que existe un mecanismo que traslada algo de un término, de un significante, a otro, trasvasando contenidos, significados. Cuando se da a luz un concepto, éste se encuentra siempre adyacente a otros de los cuales se nutre, de los cuales toma una parte y deja otra. Según Paul Ricoeur entre los dos (y yo agregaría "o más") términos involucrados se producen ciertas tensiones. El o los términos sustituidos no desparecen de la significación y se produce una relación entre la identidad y la diferencia. Si alguien escribe "hoy en mis ojos brujos hay candelas" entonces es verdad que en los ojos del poeta hay candelas y también que no hay candelas. Las dos cosas son ciertas y en esa contradicción nace el nuevo sentido.
Para Aristóteles "la metáfora consiste en trasladar a una cosa un nombre que designa a otra, en una traslación de género a especie, o de especie a género, o de especie a especie, o según una analogía". La concepción del estagirita supone un mundo hecho de cosas, que existen al margen del lenguaje que las nombra, con una organización en géneros y especies que se desprendería de la naturaleza de las cosas mismas. Desde este punto de vista, se puede distinguir entre el significado propio de una cosa y el significado ajeno (figurado, ornamental o metafórico). Las expresiones lingüísticas son vistas como recipientes, como si las palabras contuvieran los significados por sí mismas, independientemente de los hablantes. Es muy fácil darse cuenta de que esto no sucede así. Veamos, si yo le digo a mi hija: "Ponete el pantalón de la fiesta de egresados", hace falta un contexto para que esa expresión tenga sentido. Del mismo modo si se dice: "Debemos terminar con la matanza de animales", significa algo muy diferente para un vegano militante que para el dueño de una estancia ganadera.
Pero si no pensamos como Aristóteles y no creemos en cosas fijas y delimitadas que permanecen idénticas a sí mismas, si sospechamos que en la constitución misma de la cosa intervienen modos de percepción que varían según intereses, culturas, clases sociales e historia, entonces estos factores (culturales, sociales e históricos) estarían alterando permanentemente los límites de las cosas. Estos bordes resultan siempre inciertos porque la estructuración metafórica del lenguaje al nombrar la cosa produce un efecto parcial, nunca completo. Esto sucede porque la única forma de nombrar algo cuando nace a este mundo, es ponerle el nombre de otra cosa adyacente, parecida pero no igual, y jugar con la variedad de contextos.Un nuevo concepto, nacido de una metáfora, siempre está parcialmente estructurado y puede ser entendido de varias maneras.
Distintas culturas utilizan distintos géneros y especies, que a veces coinciden y otras no, por lo cual lo que para algunos es literal, para otros es metafórico. Esto sucede en variados ámbitos locales o geográficos y, sobre todo, en diferentes tiempos históricos. Según el científico Emmanuel Lizcano, el aritmético griego que necesitó encontrar un nombre para la operación de la resta decidió utilizar el nombre aphaíresis, que se usaba para actividades como "extraer" y "arrancar". Esta elección emparentó a la resta occidental a actividades como por ejemplo la escultura, que extrae material del mármol para conseguir ese resto que es la estatua. El escultor saca lo suficiente para que quede, reste, algo. Dada esta forma particular de nombrar la operación y del imaginario reinante entre los griegos, Euclides, autor de las primeras teorías matemáticas, no pudo construir el cero o los números negativos. ¿Algo que sea nada? ¡Imposible! gritaban en su cabeza Parménides y Platón.
En China las cosas fueron muy distintas, para nombrar la resta se usó el término xiang xiao (destrucción mutua). Para los chinos dos números no se restan como si la sustancia de uno se extrajera de la del otro sino como si esos dos números fueran dos contrarios que se enfrentan. Si las dos fuerzas están equilibradas lo lógico es que se aniquilen uno al otro: ocho contra ocho: no queda nada, cero. Los algebristas chinos de la época de los primeros Han operaban desvergonzadamente con el cero y los números negativos que los griegos no podían "ni ver".
La metáfora da a luz al conocimiento y su bebé, al nacer, está impregnado de connotaciones innecesarias. Estas connotaciones exigen ser depuradas. Por ejemplo cuando utilizamos la metáfora "la vida es un juego de cartas" y decimos "voy a probar fortuna" o "él tiene los ases en la manga" o "si jugás bien tus cartas, lo vas a conseguir", las zonas de “juego de cartas” que usamos para estructurar el concepto de vida son el azar, la pericia y la trampa. No usamos otras partes, por ejemplo los conceptos de truco, flor, envido o chin chon. No solamente es necesario desconocer los rasgos no pertinentes de la analogía efectuada sino que, con el tiempo, necesitamos también olvidar la analogía misma que le dio sentido a la metáfora.
Los conceptos, entonces, son metáforas olvidadas. Por eso hay metáforas vivas y metáforas zombis. En las primeras, el "como si", la analogía, todavía es evidente. Esto ocurre en los conceptos contemporáneos a nosotros, tales como la "teoría de las cuerdas", la "red virtual" o la "dieta paleo". Las metáforas zombis, en cambio, ya no se perciben como tales, parecen muertas aunque no lo estén, y son aceptadas como una forma de verdad, asumidas como hechos, y se disuelve su carga ficcional. Estas metáforas muchas veces construyen redes, verdaderas estructuras interdependientes. Por ejemplo la expresión "el tiempo es dinero" representa nuestra percepción del tiempo como un recurso valioso y también limitado. En nuestra cultura se ha asociado el trabajo con el tiempo que lleva realizarlo y se paga a las personas por su tiempo. El tiempo es dinero de muchas maneras: pagamos alquileres e intereses por día, por mes, por año. Así hablamos de perder, disponer de, calcular y gastar tiempo y de tiempo prestado. Todos estas son metáforas de nuestra cultura pero, en otras, el tiempo es percibido de modo muy distinto. Por ejemplo, en lengua aymara, las unidades de tiempo se visualizan como lugares por los que pasamos o donde permanecemos, recintos a los ingresamos. Se dice: "Mi hijo ya está entrando en los diez años". La unidad de tiempo mará (año) se concibe como un espacio al que se ingresa y del que se sale. No solamente los aymara utilizan este tipo de metáforas espaciales, hay multitud de metáforas de este tipo que Lakoff y Johnson, los famosos creadores de la obra Metáforas de la vida cotidiana, llaman "orientacionales". Por ejemplo: entusiasta, eufórico es arriba y triste es abajo (me levantó la moral, caí en una depresión, espero que remonte). Se trata de trasposiciones de nuestra experiencia física a la cultura. Del mismo modo se identifican con "arriba": la superioridad (estoy por encima), la cantidad (las ventas están en alza, el número es alto), lo bueno (subir a lo más alto), lo virtuoso (elevados pensamientos). No es que haya muchos "arriba" distintos, es que la verticalidad participa de nuestra experiencia de muchos modos diferentes. Podríamos pensar que este tipo de metáforas orientacionales son iguales en todas las culturas. No es verdad, el espacio también es cultural. Basta con mirar el planisferio de la proyección de Mercator para comprobarlo:

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Considerando que Groenlandia posee una superficie de un poco más de 2 millones de kilómetros cuadrados, Africa algo más de 30 millones, Europa alrededor de 10 millones y la India cerca de 3 millones, en este mapa, uno de los más utilizados del mundo, no estamos observando objetivamente sino que estamos ordenando y jerarquizando, incluso tergiversando. Es por eso que cuando viajamos desde la Argentina a Europa o a Estados Unidos, lo hacemos en sentido vertical y ascendente porque ya tenemos, antes de emprender el viaje, una idea-imagen recorrida y explorada muchas veces. El mapa es una metáfora, es una construcción que quiere conceptualizar la superficie de la tierra y lo hace proponiéndonos algo parecido, pero lleno de la subjetividad de su autor y de los prejuicios de su cultura. Después se olvida su carácter de construcción, de pretendida verdad, y se asume como conocimiento. Así es como se comportan las metáforas zombis.
Mucho antes que yo (qué pena), Gracián, Nietzsche y Derrida plantearon la idea de que bajo cada concepto, imagen o idea, late una metáfora que se ha olvidado que lo es. Gracián decía que para llegar a conocer algo, el hombre debe “poner una cosa bajo la luz de otra. Así lo ve todo reunido, yuxtapuesto, asociado”. Vale decir que es esa capacidad metafórica la que permite el conocimiento humano. Para el jesuita las cosas estaban unidas entre sí y por lo tanto la manifestación metafórica será la expresión de las relaciones establecidas entre todo lo existente. Estas relaciones se develan a través de lo que Gracián llama, con un innegable encanto, “conceptuosas metáforas”. Gracián habla de la metáfora como de la “ordinaria oficina de los discursos por medio de la cual se hallan conceptos extraordinarios por lo prodigioso de su correspondencia y careo” ya que “consiste este artificio conceptuoso en una primorosa concordancia, en una armónica correlación entre dos o tres cognoscibles extremos, expresada en un acto del entendimiento”. ¿Lo ven? ¡Y esto en el siglo XV!
Para Nietzche el pensar ocurre cuando una imagen seductora, un aletazo de la fantasía, permite el salto a otra imagen. Se descubre una analogía y se vislumbran instantáneamente las semejanzas y las diferencias. Así actúa la productividad lingüística. En El último filósofo, Nietzche analiza la metáfora "la vida pende de un hilo". Nos imaginamos eesa hoja suspendida del hilo de una tela de araña en el bosque, vemos en su fragilidad, en su invisibilidad, la inminencia del fin. El entendimiento seleccionó una imagen que posteriormente da lugar a una nueva serie de imágenes. En esto el filósofo no es opuesto al artista ni el artista al filósofo. Ambos dan a luz una metáfora surgida del conjunto de la realidad y de acuerdo con criterios antropomórficos. El antromorfismo lingüístico de la metáfora sería universal: "El hombre individual considera incluso el sistema sideral como a su servicio o en conexión con él". El hombre no es un ser que habla, sino uno que crea metáforas. Dice Nietzsche: "Es este instinto que impulsa a la formación de metáforas, este instinto fundamental del hombre, del que en ningún momento se puede prescindir, porque en tal caso se habría prescindido del hombre entero". La creación metafórica es condición de la vida, y por eso el ser humano tiene como impulso e instinto más fundamental crear metáforas. En Así habló Zaratustra se pregunta: "¿cómo llegó el oro a ser el valor supremo?" Y se responde: "porque es raro, inútil y resplandeciente, y suave en su brillo; siempre hace don de sí mismo (…) sólo en cuanto reflejo de la virtud más alta llegó el oro a ser el valor supremo. Semejante al oro resplandece la mirada de aquel que hace regalos. Brillo de oro sella paz entre Luna y Sol". Ya lo ven, el oro también es una metáfora.
Para Derrida en cada definición sobre la metáfora hay una red de filosofemas o sea un determinado paradigma relacionado. Dice: “cada vez que una retórica define la metáfora, implica no solo una filosofía sino también una red conceptual en la cual se ha constituido la filosofía. Cada hilo en esta red, forma por añadidura un giro, se diría una metáfora si esta noción no fuera aquí demasiado derivada. El definido es pues implicado en el término que define la definición”. O sea, —desde lo que aquí, humildemente, entendemos— quiere decir que los conceptos que han operado en la definición de la metáfora tienen siempre un origen y una eficacia que son, ellos mismos, metafóricos. Así la metáfora se encuentra tanto en la definición como en lo definido. Habría una inversión en el discurso: mientras que la filosofía cree dominar el juego metafórico, se “olvida” que este juego está adherido a su discursividad por completo, y que opera en el origen incluso de los conceptos filosóficos. Derrida denuncia estas metáforas no cuestionadas que operan en el origen, en la creación de los conceptos filosóficos, y que luego son olvidadas para establecerse en relación con el discurso de la verdad.
Para entender el efecto creador de realidad que posee la metáfora como acto de nombrar, Gracián nos sugiere que es muy útil comparar dos lenguas, con dos imaginarios subyacentes lo más diversos posiblesZhuang Zi, también conocido como Chuang Tzu  y más conocido por el sueño de la mariposa, escribió en el siglo IV a. C.: "El camino se hace andando en él y a las cosas las hacen los nombres que se les dan. Todas las cosas por fuerza tienen su es y por fuerza todas las cosas tienen su puede ser. Nada hay que no tenga su es ni nada que no tenga su puede ser". Tal vez el "es" de cada cosa no sea sino el nombre que recibe y su "puede ser" sería lo que aguarda en su interior para que un nuevo nombre lo descubra. .
En chino la expresión "huà shé tiān zú" (画蛇 添足) literalmente se traduce como “dibujar una serpiente y añadirle patas”, pero el significado habitual sería “arruinar algo agregándole cosas superfluas e innecesarias”. Dicha expresión no está motivada por la maldad normalmente atribuida a la serpiente, sino que alude a otra leyenda popular. Durante el Período de los Estados Combatientes, en el Estado de Chu, un día un hombre fue a rendir homenaje a sus antepasados. Después de la ceremonia, ofreció una jarra de licor de arroz a sus sirvientes, quienes pensaron que el recipiente no contenía suficiente vino para todos ellos, así que decidieron organizar un concurso a ver quién terminaba antes de pintar una serpiente. Uno de los sirvientes terminó en unos segundos, pero viendo que los demás todavía no habían concluido decidió añadirle patas. Al momento, otro hombre completó su dibujo, cogió la jarra y se bebió el vino diciendo: “las serpientes no tienen patas, ¿cómo se te ocurre añadírselas?”. Así nació esta particular actividad que solo ocurre en China: huà shé tiān zú.
Cada metáfora nos dice tanto sobre esa manera rara en que el otro construye el mundo como sobre el modo no menos extraño en que yo mismo construyo el mío. Sólo podría hablarse de metáforas en sí si damos por descontado que el mundo –o la realidad– se manifiesta ordenado y clasificado por sí mismo de un cierto modo y sabemos bien que esto no es verdad.
Además de hijos, la metáfora tiene una hermana punk: la metonimia. La metonimia es rebelde, se resiste al sentido y, sobre todo, en el simbolismo metonímico está presente el nexo material, es decir, la contigüidad espacial o temporal o causal de lo que se simboliza: vaso de agua, casa rosada, libro de Borges, expresión visceral, pensar con el útero, etc. No solamente Platón se espantaría de esta presencia del cuerpo en la palabra, de esta contribución de los individuos en carne y hueso, nutriendo esta disposición del orden simbólico. Muraro dice que la metonimia combina, conecta y no generaliza, como su hermana sabionda, porque los significados están implicados y adheridos al contexto y suponen un obstáculo para el movimiento ascendente, conceptualizante, propio de la metáfora.
Tal como lo suponíamos, más que una colaborar pacíficamente, la metáfora y la metonimia compiten. Según Muraro, esta competencia está desequilibrada a favor de la producción metafórica, que explota los recursos metonímicos, pero devuelve solo una parte.
La metonimia, igual que la metáfora, actúa tomando el lugar de otra expresión y reemplazándola por medio de una nueva significación. ¿En qué difieren? La metonimia actúa a través de conexiones conocidas, materiales, no virtuales ni ficcionales. Dice Muraro: “Mientras que la metáfora brota desde un pensamiento original, la metonimia se abre paso en la experiencia vivida”. Según Jakobson, las dos se necesitan mutuamente. Para lograr conocimiento necesitamos de la competencia de ambas, en el sentido de colaboración en la rivalidad. Así, el problema lógico y filosófico de la relación entre las cosas y las palabras se enriquece y complejiza. Efectivamente, si es posible seguir inaugurando relaciones entre las palabras y las cosas, quizás se deba a la proximidad de ambas en el eje metonímico, nos advierte Muraro. En el eje metafórico, en cambio, la función sustitutiva del lenguaje no tiene límites: las palabras ocupan el lugar de las cosas, lo universal reemplaza a lo particular, en una progresión en la que el lenguaje va en vías de convertirse él mismo en la cosa. El lenguaje, concluye Jakobson, tiene una estructura bipolar que, sin embargo, se pasa por alto y se reduce fácilmente privilegiando el polo metafórico.
Muraro utiliza dos ejemplos: la “revolución” política, que proviene del ámbito astronómico y “pensar con el útero”, metonimia que acusa a las mujeres de que su órgano reproductivo reemplaza a su cerebro. En el caso de la revolución se transfiere algo del contenido semántico del “giro completo”, pero en el ejemplo del útero hay una combinación de cosas que no se da en el caso de la metáfora. Esto es lo que resulta difícil de admitir, la proximidad de las palabras y las cosas. Muraro cree que hay un nivel donde el procedimiento metonímico se “suelda” con el metafórico, y sería en ese punto donde las cosas nos parecen significativas de manera imperativa.
La retórica supone un discurso “normal” y otro que estaría retóricamente procesado, lleno de tropos y figuras como collares de cuentas. Esta normalidad, como tantas otras, resulta inhallable. No existe literalidad, no existen palabras que no provengan de una operación o bien metafórica o bien metonímica.
Digámoslo de una vez: no existe grado cero. Si existiera sería porque las cosas tendrían sentido propio, y la realidad hablaría por sí misma. Bien sabemos que es el hombre el que cree hablar, mientras que es el habla la que habla en él.


# poesía último reducto




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La poesía es contemporánea
en las paredes
en los comunicados
en MoMa
the New Museum
en el Malba, en MOCA
en las galerías,
en los subtes.
Es objeto, instalación, libro de artista
comunicado de prensa,
experiencia digital.
El arte es veloz y la poesía
lenta
el arte es rico y la poesía
marginal
el arte innova  y la poesía
recicla.

Anticomercial
antiinstrumental
no tiene amnesia histórica
no tiene
miopía geográfica
nunca está más allá del significado
de lo contemporáneo.
Superficie brillante
y opaca
de sencillez alfabética
escaparate numinoso
banal y grotesco
informe de autopsia
extravagancia multimedia
parar y repetir
y otra vez
parar y repetir.
Sabemos y
no sabemos
qué  esperar
de una lectura de poesía
sext
confesión de You Tube
hipérbole y letargo
epifanía de lo cotidiano
o el peligro post web
de una cadencia
adolescente ansiosa
poesía confesional
para la era
de la vigilancia masiva.

Las palabras poéticas
parpadean
con el ritmo
extraño inhumano
confuso fugitivo
de la escasez fetichizada
del arte contemporáneo
desmaterializan
la pobreza
sin máscaras
sin
lógica curatorial difusa.
Con
poco que perder
los poetas somos
contemporáneos
fuera de sintonía.



viernes, 22 de noviembre de 2019

Diccionario de mi deseo de escribir



Deseo de escribir

                Está ahí, en mí. Cartesianamente sé de su existencia porque lo siento. Lejos de las metáforas termodinámicas marxianas y freudianas (sobre todo freudianas) que nos hablaron de balances de energías y, sobre todo, de una supuesta entropía que desordena el sistema y que obedientemente deberíamos llamar "al orden" y que, por lo tanto, asumimos que sería reversible en su accionar; lejos de los maniqueísmos que oponen deseo y realidad o deseo y eficiencia, o proponen "canalizar", quizás disciplinar, esta inclinación (que me niego a llamar "energía"),  me encuentro más  próxima a la definición de Guattari quien "propondría denominar deseo a todas las formas de voluntad de vivir, de crear, de amar; a la voluntad de inventar otra sociedad, otra percepción del mundo, otros sistemas de valores" (2006: 255). Para este autor el deseo, en cualquier dimensión que se le considere, nunca es una energía indiferenciada, nunca es una función de desorden. El deseo sería el modo de producción de algo, el modo de construcción de algo, una forma productiva y creativa de vivir el mundo que está siempre profundamente distanciada del concepto de apropiación. Mi deseo de escribir es el deseo de producir escritura y, a través de esa producción, reunir de un modo efímero dimensiones de mí misma y del mundo. Querer escribir es esperanza, memoria, deseo, manía; es pulsión, amparo, supervivencia. "Querer escribir sólo puede decirse en la lengua del Escribir" (BARTHES, 2004: 43).

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Escritura

                Es un objeto social inmenso que no puede poseerse ni siquiera en ínfimos fragmentos.  Es un espacio de interrogación que te obliga a convivir con el dolor de la duda. Dice Barthes: "la escritura es el arte de plantear las preguntas y no responderlas ni resolverlas" (2005: 14). La escritura es la consecuencia de la actividad de escribir, actividad que depende para su práctica de saberes, de instrumentos y  de motivaciones. La escritura existe en un espacio; la actividad misma de escribir, que le da origen, se caracteriza por llenar un espacio en blanco con signos, se vincula con la materialidad, con el área que ocupa la letra en el papel, con el espacio de la letra en el blanco virtual de la pantalla, y que realiza la magia de inscribirse fuera del sujeto que escribe y ponerse en disponibilidad para la lectura de otro sujeto. La lectura es el revés de la trama que teje la escritura; ambas son, como sueño y vigilia, como luz y oscuridad, comple­mentarias. 
                Hay un proceso. Es el conjunto de mediaciones entre el sujeto que escribe y el objeto-escritura que resulta. A este proceso también lo llamamos escritura. Durante el lapso en que ocurre el proceso, el escritor realiza una multitud de elecciones que configurarán su escrito. Estas operaciones de selección y ordenamiento hablan de la relación entre el sujeto que escribe, el mundo y el lenguaje. Sassure lo dice así: "la razón de ser de la escritura es la de representar el sistema de la lengua" (1945: 72).
                La escritura ha sido conceptualizada como un objeto contradictorio, en el sentido que le da Walt Whitman a la contradicción: "Do I contradict myself?/ Very well then... I contradict myself;/ I am large... I contain multitudes" (2010: 137). Así Rancière dice que es el lugar: "donde el pasado y el porvenir, lo ideal y lo real, lo subjetivo y lo objetivo, lo consciente y lo inconsciente intercambian su poder. Es el pasado hecho presente y el presente lanzado hacia el futuro. Es lo invisible que se ha vuelto sensible y lo sensible espiritualizado. Es simultáneamente la presentación de sí mismo del sujeto-artista, la individualidad de la obra en la cual éste queda abolido y un momento del gran proceso de formación del mundo del espíritu" (2009: 82) y Barthes confirma en parte y agrega: "la escritura, históricamente, es una actividad continuamente contradictoria, articulada sobre una doble pretensión: por una parte, es un objeto estrictamente mercantil, un instrumento de poder y de segregación, tomado en la realidad más cruda de la sociedades; y, por otra parte, es una práctica de goce, ligada a las profundidades pulsionales del cuerpo y a las producciones más sutiles y más felices del arte" (2003: 88).
                La escritura, para mí, nunca resulta coherente y cerrada sobre sí misma, no es un escondite donde se tiene la impresión de que, dialécticamente o no, todo siempre estuvo bajo control. Busco una escritura conectada con el mundo, sus expectativas y sus contradicciones, una escritura ventilada, expuesta. La escritura es un campo de vibración donde las palabras surgen y se unen unas con otras, para después separarse, unirse nuevamente a otras y desaparecer al sabor de los flujos con los cuales el texto está conectado. La escritura es flujo que sin cesar se escapa y vuelve sin cesar.   

Publicación

                "Primero publicar, después escribir” no es un chiste. Decía Osvaldo Lamborghini: "Publicar o no escribir. Quiero: publicar. (…) Pero los inteligentes, los hombres sabios (…) me oponen una muralla inexpugnable: ahítos o hartos, es lo mismo, de mi charlatanería y de mi mala fe de homosexual contrariado, quieren mi texto, quieren Sonia (o el final) y no este par de ojos procedentes de mis íntimos cuadernos: estas palabras que sin ironía me renueven el corazón, perdido y feliz en la entrega al peor postor, al primero, ¿todo dicho Almas muertas y Gógol? Yo: Primero publicar; después, escribir” (2008: 345). Es que para publicar hace falta una clasificación, un género, como diría Steimberg "un horizonte de expectativas" para el lector. Porque publicar es querer vender y no se puede vender lo que no se puede definir, lo que no se sabe qué es. Pensando en la edición, Lamborghini comprendía el carácter fragmentario de su obra. Rebelde como Macedonio, sus papeles de reciénvenido eran “los papeles póstumos de un escritor genial” y Lamborghini primero debía morirse para editarlos, porque después de su muerte aquello que fuera “publicado” al fin sería escrito, sería un escrito. Escribir es un acto incoordinado, plagiario, sucio, cuyo producto es difícilmente vendible. El papel de la publicación, para la escritura, es nefasto e imprescindible a la vez. La escritura no es tal sin una lectura y la lectura es (casi) imposible sin la publicación. La "gramática de la legibilidad" a la que se refiere Emilia Ferreiro, esa exigencia de un tipo de texto "con título y autor claramente visibles al comienzo, con páginas numeradas, con índice, con división en capítulos, secciones y parágrafos" (2008: 48), forman parte de la transformación de la escritura al ser publicada. Esta transmutación no es simplemente formal, es ontológica. La escritura cambia al ser editada.
                Kafka podría ilustrarnos sobre esto. Poco antes de morir seguía recomendando la destrucción de sus papeles. ¿Por qué no lo hizo él mismo? Porque él no quería romper sus escritos sino evitar que se publicasen. Sabía que, al editarse, se perderían ciertas formas de creación. En los Diarios hay una frase que dice algo así como que todo puede escribirse, que ése es el desafío: semiotizar cada parte de la existencia. En relación con esto, acabar una novela o un cuento, ponerle un final o darle una estructura no le interesaba. La publicación necesita cerrar la obra, atarla a sí misma. Algunos autores logran, sin embargo, evitarlo. Por ejemplo Joyce en Finnegans Wake produce un tipo de escritura que ni siquiera la publicación logra amarrar, porque es una escritura casi sin significado, o sea abierta a todo significado, que se mete tan a fondo con el lenguaje que permanece abierta aun editada.

Libro

                El libro representa un ataúd para la escritura, pero una cuna para la lectura. El libro es un medio imprescindible para comunicar masivamente una escritura. Es la forma privilegiada en que una escritura accede al público lector en forma de mercancía. Personalmente, creo que Eco se equivocaba cuando dijo "la gente puede comunicar directamente sin la intermediación de las editoriales. Mucha gente no quiere publicar; simplemente quieren comunicarse entre sí. El hecho de que en el futuro lo harán por correo electrónico o por Internet será un gran beneficio para los libros, la cultura y el merado de libros" (2019). Pero si McLuhan estuviera todavía entre nosotros, escribiría un artículo titulado "Gutemberg strikes back". Está claro para mí que los libros no desaparecerán; solamente están redefiniendo su lugar en el sistema actual de medios.

E-book

                Inmediatamente después del cuerpo, el libro es el medio más antiguo para almacenar, recuperar y transmitir un mensaje. En él convergen lo fisiológico, lo material y lo tecnológico, entre otras variables. Robert Logan está convencido de que el libro sobrevivirá en su formato tradicional de códice y compartirá su existencia con el e-book o el smartBook y otras formas híbridas que pudieren aparecer (2009: 25) Esto es lo que sucede actualmente, ya que los lectores utilizan ambos modos simultáneamente según una serie de conveniencias de accesibilidad, tiempo, lugar, economía, estética y fisiología, como por ejemplo la posición del cuerpo y el cansancio visual. No solamente se comparte el tiempo de lectura sino que ambos modos de realizar esta actividad se influencian entre sí. Los libros en su formato de códice se han vuelto menos extensos, por ejemplo, porque los consumidores se han habituado a piezas de información más breves. Mientras tanto, el e-book nos retrotrae al pergamino, ya su forma es la de un rollo virtual.
                Propongo entonces que ambas formas del libro, en papel y digital, constituyen dos diferentes dispositivos y que, por serlo, no son automáticamente intercambiables ni mucho menos. Oscar Traversa, sostiene que los dispositivos “permiten pensar que entre medio y técnica se abre un espacio que requiere ser precisado –el del dispositivo, a nuestro entender―, lugar de soporte de los desplazamientos enunciativos” (2014: 30). Efectivamente, no "significa" lo mismo leer un libro en papel que un e-book. En primer lugar, el libro en papel ostenta un lugar más "prestigioso". Este prestigio proviene, fundamentalmente, del precio de uno y otro o, más bien, de la posibilidad de adquirir el segundo gratuitamente. Además, el e-book es intangible, no precisa del uso de las manos para su lectura, y esta intangibilidad junto con su gratuidad, hace que se lo viva como un objeto prácticamente inmaterial. El libro en papel permite apreciar el "trabajo" que ha sido depositado en él, su formato, el peso y color de la cartulina de la tapa y del papel del interior, las solapas y la contratapa con sus paratextos, generalmente inaccesibles en el e-book. Por otra parte, el e-book no puede atesorarse en esos muebles vistosos y ciertamente esnobs que son las bibliotecas personales y todo esto hace que se pierda de vista la inmensidad de las posibilidades masivas de lectura que comporta este dispositivo virtual.

Autor

                En 1968, Barthes propuso la muerte del autor. Sus razones eran buenas, excelentes, pero las del capitalismo resultaron mejores. No hay un autor porque no hay un mensaje "no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora" (1994: 68). No hay un único sentido, claro que no, hay "un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original" (69). Lo único que realmente existe es la intertextualidad, la circulación del sentido entre lectores-escritores y escritores-lectores;  el autor no es más que esa pequeña luz de intersección entre los discursos de su sociedad, "el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original" (69). No hay autor pero en su lugar no hay una ausencia: está la escritura, "la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco y negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe (...), el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura" (65) que por fin fluiría sin cortes, sin pesos, sin empaque, sin marcas, sin precios, como el amor mismo. Pero, como decía anteriormente, el capitalismo es más fuerte y el autor muerto sigue vivo.
                Al año siguiente, 1969, Foucault va a proponer cierta morigeración de los dichos de Barthes. El autor sería, para él, una función "característica del modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de una sociedad" (1985: 18). Estos discursos que portan la función autor tendrían ciertas características. En primer lugar pueden ser apropiados, tienen un valor material regido por las leyes del derecho civil y penal y por lo tanto existen los "derechos de autor". Los discursos de tipo "literario" portan (en el presente) necesariamente la función autor. Esta concepción que privilegia las ideas de individuo, don, inspiración, genio, etc.  es la que permite la transmutación de la escritura literaria en mercancía. Estos conceptos se encuentran con dificultades en la realidad, ya que ciertamente el escritor es siempre distinto de sí mismo en cada una de sus escrituras, pero la crítica, en connivencia con la industria editorial, estima que siempre existe "un punto a partir del cual las contradicciones de la autoría se resuelven, encadenándose finalmente los unos a los otros los elementos incompatibles u organizándose en torno a una contradicción fundamental u originaria" (20).
                Casi cincuenta años después de esta conferencia, la obra literaria sigue firmándose. La literatura está deviniendo abiertamente cada vez más autobiografía. Ha quedado abolida la frontera entre ficción y verdad y entre escritura y existencia. La dimensión mercantil de la escritura, íntimamente ligada a la función autor, no es puramente económica, es más bien una economía política del discurso. La actividad de la escritura, como casi todas, está atravesada y gobernada por una red de circuitos de poder y de saber que se entrecruzan y refuerzan mutuamente y el instrumento que concentra y permite medir el valor de una escritura (no sólo en dinero sino en prestigio, poder personal o institucional) es precisamente el autor, la marca que asegura calidad, difusión, rentabilidad y éxito. El mercado editorial no es un mercado de escrituras sino de nombres propios de autores.

Poesía

                En un capítulo de su libro Siete noches, Borges dice lo siguiente: "Se supone que la prosa está más cerca de la realidad que la poesía. Entiendo que es un error" (1993: 152). Yo también creo que es un error y también recuerdo los versos de Guillermo Boido: "La poesía no se vende / porque / la poesía no se vende". Quizás sea por esto que la poesía no se ve desmerecida por aparecer en formatos virtuales, o lo hace mucho menos, como atestigua el éxito de maravillosos blogs como el de Jorge Aulicino o el de Irene Gruss.
                La poesía nos deja sin protección alguna, en esa "intemperie sin fin" de la que habla Juanele Ortiz, en esa "desnudez de todo allí" que menciona Juárroz. No hay recetas ni caminos del héroe ni procedimientos para estar adentro del poema, simplemente hay que entrar.
                Como todas las cosas de valor, la poesía es muy difícil de asir (recordamos a Barthes, el agónico querer-asir del enamorado). Eagleton señala que no se puede determinar un poema ni por la  "rima, el metro, el ritmo, las imágenes, la dicción, el simbolismo o elementos semejantes" (2007: 35).  Todo lo que importa en la escritura de la prosa se potencia  en la del poema: la materialidad del lenguaje, el dibujo de blancos y signos en la página, el ritmo de la prosodia, las fuerza de las imágenes, la magia centelleante de las metáforas.
                Alguien dijo que la poesía es el intento de preguntarle a las palabras qué somos.
Al producir poesía el escritor se despoja de todo lo que no sea la palabra. Estoy convencida de que hay una suprema fraternidad de la poesía, de que el poema siempre se escribe para todos. Decía Edgard Bayley: "Todo poeta sabe que la palabra no es instrumento. Es vida con los demás. Y en común. Soledad común. La declamación y la ortopedia de espíritu quedan a sus márgenes. Imposibilidad, por lo tanto, del poema de acceder a la tierra de los hombres, de alimentar su viaje. Quehaceres de la poesía: hacer innecesaria toda justificación" (1983: 31).
            

Bibliografía

BARTHES, Roland (1994) El susurro del lenguaje. Paidós. Barcelona.
-------------------  (2003).  Variaciones sobre la escritura. Paidós. Buenos Aires.
-------------------  (2004). La preparación de la novela. Siglo XXI Editores. Buenos Aires.
-------------------  (2005)El grano de la voz. Entrevistas 1962-1980. Siglo XXI Editores. Buenos Aires.
-------------------  (2006) El grado cero de la escritura. Siglo XXI Editores. Ciudad de México.
BAYLEY, Edgard (1983) La vigilia y el viaje. CEAL. Buenos Aires.
BORGES, Jorge Luis (1993) Obras completas. Emecé Editores. Buenos Aires.
EAGLETON, Terry (2007) Cómo leer un poema. Ediciones Akal. Madrid.
ECO, Umberto (2019) De la estupidez a la locura. Debolsillo. Madrid.
FERREIRO, Emilia (2008) Pasado y presente de los verbos leer y escribir. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.
FOUCAULT, Michel, (1985) Qué es un autor. Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ciudad de México.
GUATTARI, Félix y ROLNIK, Suely (2006) Micropolítica. Cartografías del deseo. Traficantes de sueños. Madrid.
LAMBORGHINI, Osvaldo (2003) “La Causa Justa”, en Novelas II. Editorial Mondadori. Buenos Aires.
LOGAN, Robert (2009) "¿Qué es un libro? Pasado presente y futuro" en El fin de los medios masivos; Carlón, M. y Scolari C., editores. La crujía ediciones. Buenos Aires.
RANCIÈRE, Jacques (2009) La palabra muda : ensayo sobre las contradicciones de la literatura. Eterna Cadencia. Buenos Aires.
SAUSSURE, Ferdinand (1945) Curso de lingüística general. Editorial Losada. Buenos Aires.
WHITMAN, Walt (2010) Song of myself. Counterpoint. Berkeley.


Poleas y vísperas


Todo lo que conocemos se mueve
hacia la servidumbre.  
Busco un signo-ábside
a mi alrededor. Los días
bélicos
las  noches entrelazadas  
tan agriamente se transpira
no se acaba inagotable.
Yo estrofizo el desorden
su insistencia se transforma
en arco y altar.






Cuando él
el marinero sin litoral se tambalea
parece que
apenas
puede mantener la herida en los
pies y palidece
el cuello se le vuelve irritable
cree que nos hemos saciado
debe decir
poleas y vísperas
con voz susurrante húmedo oído
han de venir con regocijo.
Es una reunión de avivamiento que él dirige
y el mundo surge a sus pies
resistir dice debemos
resistir todo lo que es
vil lo que haya
caído bajo un hechizo
posiblemente atormentado
dice que deberíamos injuriar
todas las cosas por igual
miedo a la lluvia
miedo al agua
solo moho
en el púlpito se balancea se 
ve desconcertado
como si fuera un caballo
tímido por los golpes
busca algo que rompa
los bordes atrevidos  
de la luz donde se esparce
y deforma en azul
todo lo que podamos desear
hasta el final
lo proveerá
nuestro lisiado 
sordomudito
nuestro marinero señor
eieieio.